Una mañana, tenía que ir a buscar algo a San Martin. Día caluroso de verano, tráfico molesto...Estando a unas 10 cuadras de mi lugar de destino, transitaba mi queridísima Av. Marquez, en el tramo que tiene 2,5 carriles de ida y otros tantos de regreso.
Un tipo venía por el medio de la calle en nuestro sentido de tránsito, y otro intentaba pasarlo por la mano rápida, que estaba parcialmente ocupada por el primero. Estaba impaciente atrás de ambos, esperando que la maniobra tuviera un desenlace; el segundo automovilista decidió sobrepasar al primero, para lo cual puso la mitad de su auto en el carril rápido de la mano contraria.
Ya no me quedaba paciencia en el fondo del pote, así que decidí pasarlos a ambos al mismo tiempo. Puse el auto en el medio de la mano contraria y comencé a pasarlos, cuando advierto que parado en la mano contraria, está un zorro gris hablando con un conductor que había detenido.
La maniobra ya estaba hecha, de modo que seguí acelerando, y el zorro gris advirtió algo extraño acercándosele que le iba a pasar a no más de 2 metros. Giró su cabeza en dirección a mí y miré hacia el frente para evitar su mirada. Cuando lo pasé, miré por el espejo retrovisor. Me siguió con la mirada por unos instantes y continuó con su tarea.
Llegué a mi destino; me dieron lo que me tenían que dar, e inmediatamente puse el auto en sentido contrario para regresar, por el mismo camino. Regresaba como fuí: corriendo. A poco de andar, llegué a un semáforo en amarillo y aceleré, pasando en amarillo dudosísimo. Tan pronto paso, reconozco el lugar como aquel donde estaba el zorro gris, que aún estaba allí. Mis ojos lo buscaron, y efectivamente lo encontraron a este buen señor, que ya estaba dando pasos hacia el centro de la calle.
Mi primera reacción fue imaginar la vergüenza que me daría cuando me detuviera. En escasos 5 minutos me había visto de contramano por la avenida y pasando el semáforo en anaranjado. El zorro gris avanzó 2 metros sobre el asfalto y se plantó. En lugar de invitarme a estacionar con el gesto característico de esa plaga urbana, me miró fijo, girando la cabeza para ajustar la mirada a medida que me acercaba a él.
En la última imagen que recuerdo de él -parado en el medio de la calle- tenía una cara que no olvidaré jamás. Fue algo así como "no hace falta que diga nada". Y no. Estaba todo muy claro. Si me hubiera detenido, habríamos discutido sobre si tenía habilitado el paso, o si era yo o no era yo el que casi lo atropella de contramano. Después hubiera dicho que todos los zorros grises son unos coimeros, que a la ley no la respeta nadie, que el amarillo duraba una milésima de segundo, y todo tipo de argumentos que me permitieran sacarme el veneno por la multa.
Pero al renunciar a detenerme, ya no había excusa recaudatoria donde esconder mis tropelías. Venía haciendo cualquier cosa, y me lo mostró de la única forma en que yo podría verlo. Al refrenarse de responder de acuerdo a como mi comportamiento dictaba, legitimaba su mensaje. La verdad es que fue aleccionador. Fue su gran aporte a la seguridad de todos.
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Hace poco veía en Discovery un programa sobre un violador, torturador y asesino serial. Atrapado después de aportarle más de 60 parcelas al cementerio local, fue llevado a juicio. En los alegatos, todos los familiares de las víctimas descargaban su ira contra la bestia hasta que tomó la palabra el padre de una chica. Se veía una persona humilde, con huellas de una vida de trabajo. Dijo (dirigiéndose al asesino) algo así: "Señor, Ud. me ha puesto al borde de romper mis principios, a descreer de aquello en lo que siempre he creído....Pero no. Señor: yo lo perdono". La voz en off comentó que fue el único momento en que el reo se quebró durante el juicio.
sábado, 7 de febrero de 2009
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